La obsesión por la pureza racial en la Alemania nazi alcanzó macabros y tristemente célebres extremos hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Solo unos meses después de la llegada de Adolf Hitler al poder, se promulgó una ley que facultaba al gobierno para esterilizar a todas aquellas personas que padecieran trastornos mentales, malformaciones, alcoholismo, drogadicción… dejando a unas 400.000 personas sin derecho a tener descendencia. Los nazis practicaban la eugenesia, una disciplina que busca modificar las características genéticas de los humanos para que nazcan personas más sanas, más inteligentes o sin ciertas dolencias hereditarias. La eugenesia se convirtió en la base de todo su pensamiento y dedicación, pues la ansiada raza aria significaba la purificación y perfección de la especie humana y todo aquel que no cumpliese con esas características quedaba excluido de su ideal de pureza. Los científicos nazis, movidos por el miedo ante el deterioro y el declive de la raza, acabaron determinando que la esterilización no era suficiente y que realmente esos “impuros” no deberían haber nacido, provocando un exterminio que, en 1940, ya había acabado con la vida de 70.000 enfermos psiquiátricos en cámaras de gas. Hoy en día, esta filosofía se usa para prevenir los nacimientos de bebés con enfermedades hereditarias o sin esperanza de vida, pero antes de los nazis, una gallega decidió emplearla para poner en práctica un experimento: diseñar una mujer perfecta e ideal que debía representar a la mujer del futuro. De esta manera nació Hildegart Rodríguez Carballeira, una niña prodigio que fue asesinada por su madre para evitar ver a su proyecto fracasar.
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