En 1937, mientras en España ardían los frentes de la Guerra Civil, el régimen de Franco empezaba a diseñar su nuevo orden moral nacional y católico. Uno de sus primeros objetivos no fue un ejército ni un partido, sino una fiesta. Ese año, el Carnaval fue oficialmente prohibido en las zonas bajo control franquista y las máscaras, los disfraces y las comparsas fueron reducidas al silencio. Las celebraciones paganas eran consideradas peligrosas, subversivas y contrarias a la «seriedad» del nuevo Estado. En Italia, Mussolini había hecho lo mismo, al igual que Hitler en la Alemania nazi, pero en Galicia, el Entroido tenía raíces más profundas que cualquier decreto y, aunque muchos pueblos guardaron los trajes, las caretas y los antifaces bajo llave, otros los sacaron a la calle disfrazados, literalmente, de procesión militar. Así nació, mejor dicho, así se transformó, una de las celebraciones más singulares del país, una comedia vestida de ritual, una sátira política a lomos de caballo, un carnaval que sobrevivió disfrazado de procesión, la Procesión do Entroido dos Xenerais da Ulla.
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