En la historia de la ciencia existe un concepto fascinante llamado «serendipia», un instante mágico en el que alguien encuentra algo valioso mientras buscaba otra cosa totalmente diferente. Es el error afortunado, la casualidad que cambia el mundo. En 1928, el científico escocés Alexander Fleming se fue de vacaciones y olvidó una placa de Petri con un cultivo de bacterias. Al regresar, descubrió que un hongo había contaminado la muestra y matado a las bacterias. Aquel error de limpieza dio lugar a la penicilina, un descubrimiento que cambió la medicina moderna para siempre. Pero la historia está llena de estos momentos. Cristóbal Colón tropezó con un continente buscando una ruta de especias, los hermanos Kellogg inventaron los cereales de desayuno porque se les olvidó maíz cocido en el horno y el champán nació porque los monjes franceses no sabían cómo eliminar las «molestas» burbujas de su vino. Sin embargo, medio siglo antes de que Fleming se dejara aquella ventana abierta, en un rincón de las Rías Baixas, ocurrió un milagro similar. Y el protagonista no fue un científico, ni un investigador, ni un noble explorador, sino un animal. Un burro enfermo, cubierto de úlceras y desahuciado por su dueño, que fue abandonado en una isla desierta para morir en paz y que acabó descubriendo, sin saberlo, uno de los mayores tesoros de Galicia. Esta es la historia de cómo un animal moribundo permitió levantar un imperio de lujo, cosmética y glamour que llegaría a todos los hogares de España. Esta es la historia de La Toja y del jabón más famoso de Galicia.
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