En junio de 1941, Iósif Stalin ordenó al antropólogo Mijaíl Gerásimov abrir el mausoleo de Gur-e-Amir en Samarcanda para reconstruir el rostro de Tamerlán, el último gran conquistador nómada de Asia Central y heredero de Genghis Kan. Tras abrir la tumba, los arqueólogos descubrieron una inscripción grabada en la lápida de jade: «Cuando me levante de entre los muertos, el mundo temblará». Los vecinos también les hablaron de la maldición que la protegía: «Cualquiera que perturbe mi tumba desatará un invasor más terrible que yo». Dos días después, Hitler invadió la Unión Soviética con tres millones de hombres. En noviembre de 1942, con los nazis a las puertas de Stalingrado y el país en llamas, la desesperación hizo que la leyenda llegara a oídos de Stalin y ordenara devolver inmediatamente los restos a Samarcanda. Pocos días después del reentierro, el ejército soviético lanzó la Operación Urano para cercar a los alemanes en el punto de inflexión definitivo de la Segunda Guerra Mundial. La suerte de Hitler se acabó justo cuando Tamerlán volvió a descansar en paz. En el siglo XV, mucho antes de que los soviéticos desafiaran esta maldición, otro hombre tuvo la inmensa audacia de mirar directamente a los ojos a este conquistador cuando era el monarca más temido de la faz de la tierra. Se trataba de un valiente noble gallego de las Rías Baixas que cruzó el mundo conocido para forjar una alianza imposible. Esta es la historia de Paio Gómez de Sotomaior y su legendaria expedición a la corte de Tamerlán.
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