En 1959, el cineasta estadounidense Ed Wood estrenó “Plan 9 from Outer Space”, una película de extraterrestres con efectos especiales baratos, cutres y visibles a simple vista, lápidas de cartón y una lógica narrativa que parecía de todo menos lógica. La prensa lo destrozó, la industria lo despreció y el público lo ignoró, pero con los años, Plan 9 fue reivindicada como una obra de culto, y su autor, Ed Wood, pasó de ser símbolo del fracaso a emblema del soñador que se niega a rendirse. Algo similar le ocurrió a un gallego, pero no en Hollywwod, sino en México. Llegó a América con casi nada, se reinventó mil y una veces y convirtió el cine en su refugio y su espejo. Sus películas eran exageradas, caóticas e imposibles, pero también eran únicas. Mientras Hollywood consagraba a Orson Welles, él fabricaba su propio universo con decorados de cartón, rumberas de fuego y pasiones desbordadas. Su nombre real era Juan Rogelio García García, aunque el mundo lo conocería para siempre como Juan Orol, el Rey del Churro.
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