En la Roma republicana del siglo II a. C., cada campaña era una guerra, pero también una apuesta política, un examen de carácter y una oportunidad de inscribir un nombre en el mármol romano, porque la gloria tenía nombres propios. A algunos generales los recordaron como “Africano”, a otros como “Asiático” o “Numídico”, pero muy pocos se ganaron un apelativo que sonaba a borde del mundo: Callaico. Roma era una máquina en expansión que medía el valor de los hombres por la distancia de sus conquistas y los templos se llenaban de inscripciones que perpetuaban los nombres de quienes habían llevado sus legiones más allá del horizonte conocido. Entre todos ellos, uno brilló con una mezcla de prudencia y ambición, un patricio formado en la disciplina militar y la retórica política que, moviendo legiones por la península ibérica, terminó por hacer algo más que ganar batallas, asociando para siempre su nombre a la tierra de los galaicos. Su campaña en el noroeste, recordada por los autores antiguos con admiración, llevó las fronteras de Roma hasta donde comenzaba el fin del mundo conocido, y llevó a Roma el nombre de Galicia. Aquel romano se llamaba Décimo Junio Bruto Galaico.
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