En 1942, en una isla frente a la costa croata, el régimen de Tito convirtió un pedazo de roca en mitad del Adriático en Goli Otok, la “Isla Desnuda”, un lugar sin árboles, sin sombra y sin escapatoria donde miles de presos políticos fueron golpeados, humillados y obligados a trabajar hasta caer agotados. Décadas antes, el régimen soviético había hecho algo parecido en Solovki, un antiguo monasterio en medio del hielo del mar Blanco. En Francia, los nazis instalaron un campo de concentración en Drancy, en un anodino bloque de viviendas a las afueras de París. A veces, un régimen no necesita construir infiernos nuevos, basta con apropiarse de los lugares que ya existen. Eso mismo ocurrió en Galicia durante el franquismo. Hoy cuesta imaginar que lugares como Lavacolla, Rianxo, A Pobra, Betanzos o la isla de San Simón, espacios que asociamos a aeropuertos, playas tranquilas o ruinas románticas, formaron en su día parte de un engranaje pensado para aplastar, purgar y disciplinar a los vencidos. Porque Galicia llegó a concentrar al menos once campos franquistas, lugares discretos, sin grandes muros ni torres de vigilancia, pero donde el fuego eterno se hacía realidad. Estos fueron los once infiernos que Franco creó en Galicia.
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