En 1564, una violenta tormenta derribó un roble milenario en el valle de Borrowdale, en el condado inglés de Cumbria, dejando al descubierto entre sus raíces arrancadas una sustancia negra, brillante y extraña que los pastores locales comenzaron a usar para marcar a sus ovejas. Acababan de encontrar el único depósito de grafito puro a gran escala que ha existido en el planeta. Se trataba de un tesoro geológico tan valioso que la Corona inglesa decidió protegerlo como si fuera oro, prohibiendo su exportación bajo pena de muerte y utilizándolo para revestir los moldes de las balas de cañón de la Royal Navy. Pero fue en Alemania, en la ciudad de Núremberg, donde una familia de artesanos visionarios, los Faber, transformó ese mineral estratégico en el instrumento más poderoso de la historia del conocimiento humano: el lápiz. Marcas legendarias como Faber-Castell o Staedtler convirtieron a Alemania en el epicentro mundial de la escritura, estableciendo un monopolio técnico y comercial que parecía indestructible, haciendo que el mundo entero aprendiera a escribir, a dibujar y a diseñar en alemán. Pero a mediados del siglo XX, una ciudad del noroeste de España conocida por sus barcos de guerra, su disciplina militar y su acero, se atrevió a desafiar ese dominio. Esta fábrica gallega logró lo imposible, que millones de niños, funcionarios, poetas y delineantes españoles dejaran de mirar a Alemania para escribir sus primeras palabras. Así fue como nació el lápiz que enseñó a España a escribir: Lápices Hispania.
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